
Son momentos extraños, más aún si cabe que los dos o tres últimos años.
Esto de andar a la deriva no alienta nada. Suena a tópico, pero no sé qué hacer con mi vida, ni qué decisiones tomar, ni a dónde me dirijo. Son días extraños, en los que los nervios en el estómago se alternan con la certidumbre de que algo tiene que cambiar YA, y ese paso lo he de dar YO. Pero es difícil, da miedo, inseguridad. Nunca me ha gustado andar sobre arenas movedizas (a nadie, supongo), y sé que en algunos terrenos soy cobarde. Porque la toma de decisiones implica gallardía, y a veces la he tenido, pero el terreno sobre el que me movía era árido y el horizonte se adivinaba fértil. Ahora el terreno es desigual, unos días camino sin tropiezos, otros encuentro obstáculos, casi siempre salvables.
Pero en los últimos tiempos percibo que se avecinan obstáculos insalvables, y temo ese momento. Temo no saber cómo enfrentarlo. Temo venirme abajo, porque he caminado demasiado tiempo por este terreno y, aunque creía conocerlo a la perfección, y saberme de memoria los escollos a los que me puedo enfrentar casi con los ojos cerrados, últimamente (y quizá gracias a mi sexto sentido en cuanto a percepciones pesimistas) el terreno se va ampliando, y van apareciendo tramos desconocidos. Una montaña aquí, un socavón allá. Una raíz que nunca había estado allí aparece de repente y casi me hace tropezar. Aparece un pequeño oasis, pero en un momento de descuido desaparece. Y mi marcha se ha endurecido al perder la brújula. Mi brújula. Se ha extraviado y ya no sé dónde está el norte. Doy vueltas y a veces creo encontrarlo, pero no estoy segura de que esa dirección sea la adecuada. A lo mejor he de ir al este, pero sin la brújula voy jodida.
De momento, y hasta nuevo aviso, acamparé para estudiar las opciones y caminos a seguir, y espero no encontrar enemigos (o "amigos") que me asalten en mitad de la noche.












